Con Nombre Propio: Gaby Candioti y Jorge Kircherer

Con Nombre Propio: Gaby Candioti y Jorge Kircherer

DICEN QUE UN BUEN DISEÑO SOBREVIVE EN EL TIEMPO, LA CASA DE GABRIELA CANDIOTI Y JORGE KICHERER ENTRA EN EL SELECTO GRUPO. DISEÑADA POR UN EMBLEMATICO ARQUITECTO DEL MODERNISMO Y REFACCIONADA POR LA PAREJA, LA CASA DE 1957 TIENE TANTO DE CONTEMPORÁNEA COMO DE HISTÓRICA.

 

Desde muy chiquita tengo la costumbre de ir por la calle y descubrir casas e imaginarme viviendo ahí. Ésta fue una de esas miles, pero no pensaba que podía llegar a vivir acá, era más un juego o una fantasía”, cuenta Gabriela Candioti. La casa de la que habla –su casa- es la Casa Paunero, una construcción de 1957 que un empresario textil le encargó su amigo Juan Kurchan. El hormigón visto, la fachada de vidrio y la decisión de integrar un árbol de casi 100 años a la estructura son parte del encanto de la vivienda que ideó uno de los tres nombres detrás de la silla BKF, el diseño más emblemático del movimiento moderno en Argentina. “Yo no sabía de quién era, ni sabía que el arquitecto que la había hecho era conocido: simplemente la vi y me gustó. Vivíamos acá a dos cuadras así que pasaba todo el tiempo y aunque se la veía bastante deteriorada igual se notaba que tenía algo especial”, se acuerda.  Diseñadora textil y ex docente de la UBA, la confirmación de su buen ojo llegó apenas se la mostró a su marido, el arquitecto Jorge Kicherer. “Gaby la descubrió, estaba muy abandonada pero se veía que era interesante”, cuenta el arquitecto. Acaba de llegar de una obra y en un ratito tiene que volver a salir pero entre una cosa y otra aprovechamos para hacer una recorrida por la casa que hace 10 años salvaron de la demolición. “Cuentan los hijos de Rodríguez, el primer dueño, que cuando él se la encargó a su amigo le dio libertad total para hacer lo que quisiera. ‘Salvo ponerle pelos en el techo, hacé lo que sea’, parece que le dijo. Y Kurchan -que era el mejor discípulo de Le Corbusier- hizo esto”, explica. Una rampa de hormigón atraviesa el living comedor de doble altura, sesenta años más tarde la apuesta sigue siendo arriesgada. No sorprende que la casa que tantos años después enamoró a Gabriela, haya tenido una muy mala recepción entre los vecinos de Martínez de la década del cincuenta. “La gente no la entendía. Los mismos amigos de los Rodríguez venían a conocerla y les preguntaban cuándo se iba a terminar”, cuenta el arquitecto. Con su estilo racionalista y parasoles de madera, la fachada de la casa en la calle Paunero sigue sobresaliendo entre los frentes clásicos y chalets del barrio residencial tipo. 

Vinimos a Martínez post crisis del 2001. Llegamos buscando una casa en la que los chicos estuvieran cómodos”, cuenta Gabriela. Su historia con Jorge es también la de Lola, Isabella y Nicolás, los hijos que ellos ya tenían cuando la vida los cruzó por segunda vez. “Nosotros habíamos trabajado juntos varios años antes de empezar a salir, así que ya nos conocíamos”, se acuerda. Diseñadora y dueña de su propia marca y tienda de diseño, Gabriela es parte de la primera camada de alumnos de indumentaria que dio la UBA. “La carrera abrió en la misma época en que empezó  la bienal de arte joven de Buenos Aires, un momento en que estaban pasando muchas cosas”, se acuerda: “Yo me inscribí en ese primer año, venía de estudiar diseño gráfico”. A ese paso por la FADU y a las tardes de costura y disfraces con su abuela materna les debe mucho de su camino en la moda, algo que empezó en una marca de ropa pero después se encauzó hacia el mundo de los textiles. “Empecé con los tejidos después de unas vacaciones hippies en Tras la Sierra”, cuenta entre risas. “Había vuelto con la idea de hacer unos zapatos súper exóticos que terminaron siendo inviables, pero en esa búsqueda me encontré con todo el mundo de las tejedoras”, explica. Esa experiencia en tejidos fue determinante cuando después de su separación, Gabriela tuvo que dejar la marca que había armado y empezar un nuevo proyecto. “No tenía un mango y necesitaba empezar devuelta, así que tuve que tomar una decisión: o apuntaba a hacer mucho y vender barato –algo difícil porque necesitaba de una buena inversión- o hacía unas pocas piezas muy exclusivas que pudieran venderse bien”, explica. La elección fue ir por unos pocos productos más exclusivos que poco después de haber empezado encontraron su camino en el mercado de Madrid. En pleno resurgir de su marca fue que Gabriela se encontró con Jorge.
“  Desde muy chiquita tengo la costumbre de ir por la calle y descubrir casas e imaginarme viviendo ahí. Ésta fue una de esas miles, pero no pensaba que podía llegar a vivir acá, era más un juego o una fantasía ” 

“Jorge tiene un concepto de familia que a mí me encanta y creo que eso que compartimos fue fundamental en nuestra historia”, dice nuestra anfitriona. “Siempre fuimos muy respetuosos de los chicos; que ellos se sintieran incluidos era muy importante para nosotros. Fue algo en lo que trabajamos muchísimo como pareja y como familia”, asegura Gaby. Quizás sea justamente por eso que a su decisión de mudarse a Paunero sin consultarlo demasiado y sabiendo que implicaba vivir en la mitad de metros que vivían hasta ese momento no fue fácil. “Nosotros nos habíamos venido acá pensando en que cada uno tuviera su cuarto y su espacio, porque queríamos que ellos estuvieran cómodos con algo que no habían elegido”, explica. La dinámica de los cinco cuartos con baños propios y la casa con el jardín enorme y la pileta se terminaba con la mudanza a dos cuadras. “No me olvido más las caras de los chicos la primera vez que vinimos a conocer”, cuenta Gabriela riéndose. Las enredaderas en el techo, las paredes de ladrillo a la vista y pisos colorados en interiores y el deterioro del jardín –con un tanque de agua en el medio- eran parte del panorama en un lugar que no parecía exactamente una promesa. “La casa tenía una energía muy pesada, sobre todo porque era muy texturada. Para un chico que viene de la casa enorme de ese ‘estilo chalet’ tan de esta zona, la idea de mudarse a un lugar sin ni siquiera una pileta no es muy tentadora”, se ríe. Pasada por el tamiz de la reforma impecable de Kicherer y la calidez y el manejo de las texturas y el clima en los interiores de ella, cuesta imaginarse la versión de la casa con la que se encontraron.

 Jorge tiene un concepto de familia que a mí me encanta y creo que eso que compartimos fue fundamental en nuestra historia ”“

Yo siempre tuve muy claro que no quería una decoración racionalista sino algo más vinculado a la casa de fin de semana”, cuenta ella. La pileta, la glicina y la mesa afuera son algunos de los espacios con los que Gabriela logró cambiar la vivencia de la casa. Plantas de bananas, enredaderas y mucho verde fueron parte de su aporte a una casa que parece sacada de San Pablo. “En Brasil hubo mucho de esta arquitectura, por eso uno lo asocia”, confirma. “Analizando la ubicación de la casa en el terreno y toda la propuesta lo que enseguida se ve es que en todo momento se intentó integrarla al afuera”, explica. Más purista que ella, en su interpretación la casa hubiera sido menos tropical y más dura que la de su mujer. “La decoración fue toda una pelea, porque los dos sentíamos que era lo nuestro”, asegura Gabriela.

“ Si alguien me preguntara que hicimos todos estos años, yo  diría que una gran parte de nuestra energía estuvo puesta en construir esta familia  

“Cuando uno elige vivir en casas como ésta siempre está el riesgo de que la casa se coma a los dueños. Nosotros lo habíamos visto varias veces y yo no quería que nos pase eso”, explica Gaby. Con sus ajustes y modificaciones pero también con mucho respeto a la propuesta original, el proyecto que Juan Kurchan encaró hace sesenta años parece hecho a la medida de la diseñadora, el arquitecto y la familia que supieron armar. “Los amigos de los chicos vienen mucho y siempre dicen que parece un hotel. Ahora que nos empieza a agarrar el viejazo nos reímos y decimos que vamos a empezar a acotarle el servicio”, se ríe. A diez años de haberse mudado, la casa tan temida es el centro de reunión de la familia. “Cuando me preguntan si la decoré yo me da vergüeza, porque para mí esta no es una casa decorada… Es más un rejunte”, asegura. “Mil veces he dicho ‘tendría que cambiar las lámparas’ o ‘tendría que comprar tal o cual cosa’, pero después llega el momento y entre la posibilidad de comprar una lámpara y viajar a algún lado los cinco, elijo viajar”, confiesa. “Si alguien me preguntara que hicimos todos estos años, yo  diría que una gran parte de nuestra energía estuvo puesta en construir esta familia”, reflexiona. “Hace unos días pensaba: para mí las familias más lindas son las que tienen algo que va más allá de los lazos de sangre. En nuestro caso, ese vínculo no estaba, pero justamente por eso trabajamos mucho todo el resto”

.