Pablo Ledesma

RESTAURADOR Y DISEÑADOR DE MUEBLES, LA CASA DE PABLO LEDESMA REUNE LOS OBJETOS MÁS FASCINANTES QUE UNO PUEDA PEDIR. UN SILLÓN DE GAETANO PESCE, OBRAS DE DECENAS DE ARTISTAS ARGENTINOS Y PIEZAS DE MADERA COMO SÓLO ÉL SABE HACER.
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TEXTO: LUCÍA BENEGAS – FOTOS: MARIA EUGENIA DANERI

Si hubiera que separar a los quincheados en dos grupos, podríamos dividirlos entre los que se preocupan por las fotos y los que se preocupan por la entrevista. Pablo Ledesma es un claro exponente del segundo, tanto que sorprende un poco el reparo después de la soltura con la que nos paseó por su lugar. “No sé qué podés poner de mi vida… No te creas que tengo mucho para contar, ¿eh?”, anticipa. En la recorrida por la casa, no tiene un solo reparo: ni media aclaración o excusa por algo fuera de lugar (un sentimiento totalmente normal cuando un desconocido examina nuestros espacios). El molde de una matriz, unos tacos de una fábrica, una madera que encontró y le gustó por la textura, la cantidad de veces que respondió a la pregunta de “¿eso qué es?” es incontable. Intercaladas con una cantidad de obras de arte y diseños clásicos modernistas y contemporáneos, las piezas de madera, muebles y objetos que Pablo elige tener en su casa son su carta de presentación perfecta.

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Hice esa entrada con unas maderas que tenía: yo guardo muchas cosas que me gustan aunque no sepa bien para qué y después las termino usando. Si te fijás, esta estructura mira para cualquier lado. Fue porque, en ese momento, una amiga mía le daba mucha bola al Feng Shui. Vinieron, recorrieron la casa, y me dijeron que la orientación era esa, después me colgaron todas unas cosas que ya saqué. Pero en todos los años que llevo acá nunca pasó nada, así que capaz que tenían razón”, se ríe. La entrada de la casa es la primera de las muchas licencias acertadas que se tomó en su lugar. Cuesta reconocer o imaginarse la casa como era antes de la reforma. Más allá de la estructura de madera del acceso, el tercer piso y la particular baranda de la escalera, la torre revestida en madera que construyó al fondo del jardín y los pisos de tablas recuperadas son parte del cambio. Del inodoro cuadrado en el toilette (un artefacto antiguo que ahora piensa cambiar porque nunca logró dar con una tabla) a las bañaderas de loza con grifería antigua, cada objeto es único e imponente, y de una escala atípica. “Me gustan mucho los volúmenes”, explica, y no hay prueba más evidente de que es así que el sillón Up del diseñador italiano Gaetano Pesce del living, uno de los dos ejemplares que hay en el país. Primero lo atractivo y después el resto, es la regla con la que Pablo eligió todas estas cosas alucinantes que lo rodean. “Me gusta tener cosas que disfrute ver: necesito que me seduzcan y que eso se sostenga en el tiempo”, reflexiona. “Cuando uno trabaja en esto, tantos años, llega un momento que se te satura el gusto y empezás a mirar otras cosas: un detalle, una forma, un color, una textura”, explica. La cantidad de cuadros, esculturas y objetos que no responden a una categoría clara que eligió meticulosamente con ese criterio es increíble y el resultado de esa curaduría, fabuloso.

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“Me gusta tener cosas que disfruto ver: necesito que me seduzcan y que eso se sostenga en el tiempo”

Me vine acá porque entendí que con lo mismo que en Buenos Aires tenía un departamento de 50 metros, podía comprarme una casa”, cuenta. No es la primera vez que vive en Zona Norte tampoco, de adolescente y separados sus padres, su madre se fue a vivir a Olivos. “Me mudé porque necesitaba espacio pero hoy no me imagino viviendo en otro lado que no sea acá. Yo soy bastante ermitaño y me encanta estar en casa tranquilo”, reflexiona. Cuesta imaginárselo viviendo en un lugar de 50 metros, sobre todo por la escala y los volúmenes de sus muebles y objetos.“En mi departamento también era así, mis amigos no se querían juntar en casa porque decían que no había dónde sentarse. Empezaban ‘¿Y esto qué carajo es? ¿Para qué lo querés’, ‘Porque me gusta mirarlo’”, cuenta. Pensando en la cantidad de veces que se lo pregunta nosotras (en otro tono, y con otra valoración, pero igual), imagino que debe ser la persona que más contestó esa pregunta en el ámbito doméstico en la historia de la humanidad. La contesta con paciencia y cuenta cómo o dónde consiguió las cosas y en qué circunstancias, al rato de estar ahí, uno deja de valorar el lugar por lo bello y estéticamente perfecto y empieza a verlo fascinante.

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“Mis amigos no se querían juntar en casa porque decían que no había dónde sentarse. Empezaban ‘¿Y esto qué carajo es? ¿Para qué lo querés’. ‘Lo tengo porque me gusta mirarlo”
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Hace casi 10 años que son sólo Pablo y Francesca en la casa. Francesca está la mitad de los días, a esos días y a Fran se les reserva el tercer piso de la casa con su cuarto y un playroom que mira a la torre. Un rato antes de que llegáramos, Francesca se fue al colegio y le dejó instrucciones muy específicas. “Me quería matar que no iba a estar: le encantan las notas”, nos cuenta riéndose. Dos veces por año, los dos se van juntos de viaje a algún lado: a veces con las hermanas de Pablo, y a veces, solos. Cuando pasamos por el cuarto de ella, Pablo nos muestra una de las cosas que tuvo que comprarle en el último viaje que hicieron juntos. “¿Están preparadas? Observen”, nos dice mientras le saca el papel de seda a una almeja gigante de cerámica rosa nacarada. “Me decía que era la cosa más linda que había visto en todo el viaje y me sentí mal, se la iba a comprar igual con su plata. Reconozco que era un lugar que tenía una puesta buenísima y en el contexto podía deslumbrar, pero no se puede creer que sea hija mía. ¡Encima ahora amenaza con re decorar el cuarto!”, cuenta.

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En los relatos de Pablo y Francesca se filtra algo muy lindo, esa complicidad del mano a mano de la hija única y el padre soltero. “Nos llevamos bien pero yo soy más exigente de lo que parece. Prefiero decir muchos no y algunos sí que al revés”, asegura. Fran tiene 12 años, plena pre adolescencia, con todos los principios de salidas y negociaciones que eso implica. La fórmula de la dupla (que hasta ahora no incluyó convivencias con terceros) parece funcionar muy bien. “Hay un momento en el que uno entiende que, a determinada edad, lo mejor son las relaciones sin convivencia. Salvo en casos puntuales en los que no hay hijos y los dos buscan lo mismo, para mí lo mejor es mantener nuestros espacios”, reflexiona. Se los ve bien.

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Hice esa entrada con unas maderas que tenía: yo guardo muchas cosas que me gustan aunque no sepa bien para qué las voy a usar”
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