Astrid Perkins y Matías Soriano

HACE DIEZ AÑOS QUE ASTRID PERKINS PISO POR PRIMERA VEZ BAHÍA BUSTAMANTE, EL PUEBLO ALGUERO QUE FUNDO EN LA DECADA DEL 50 LORENZO SORIANO. SE ENAMORO DEL PUEBLO Y DE MATIAS, CON QUIEN DESDE ENTONCES COMPARTE UN LUGAR Y MIL PASIONES. ACA LA HISTORIA DE DOS PIONEROS DE LOS QUE YA NO QUEDAN.
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TEXTO: LUCÍA BENEGAS – FOTOS: MARIA EUGENIA DANERI

Hay algo que noté en mis años acá y todavía me llama mucho la atención: cada vez que llega alguien, nosotros le ponemos a disposición mapas, bicicletas y opciones de recorridos como para que puedan salir solos. No importa cuánto se los incentive, la mayoría de la gente elige quedarse en el pueblo, cerca de las casas y del resto de la gente. Es como si la costumbre de vivir en ciudades nos hubiera hecho perder la capacidad de relacionarnos con la naturaleza, al punto que no nos sentimos capaces de orientarnos sin un teléfono en la mano, y esa inmensidad de 50 mil hectáreas, en vez de invitarnos a salir a recorrerlas, nos generan una especie de miedo”, dice Astrid Perkins. Yo la escucho y entiendo, porque hace tres días que llegamos a Bahía Bustamante y recién ahora superé la intranquilidad del “sin señal” que reemplaza el ícono de la antena en la pantalla del teléfono. Llegamos un viernes a la tarde, cuando la luz del sol era muy suave como para mantener encendido el panel del módem y faltaba un rato para que se prendiera el motor de la electricidad que funciona de siete de la tarde a medianoche. Veníamos de Camarones, el pueblito más cercano, a ochenta kilómetros de ripio de acá. En alguna parte del trayecto habíamos dudado de si estaríamos en el camino indicado, en la dirección correcta, pero fue imposible corroborarlo. Para alguien que nunca pisó la Patagonia, la imagen de esos campos kilométricos casi sin plantas ni rastros de civilización puede ser un poco aterradora. “Yo nunca sentí eso, capaz sea porque me crié en el campo pero a mí lo primero que me nace en lugares así es salir a recorrer”, asegura. Estamos sentadas en la arena en la playa Toboganes, la más linda de la península Gravina. Al lado de Astrid está dormitando Matías Soriano, su marido y la persona por la que llegó hace diez años hasta acá.

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Lorenzo Soriano tenía 50 años cuando pisó por primera vez Bahía Bustamante. Era español y había hecho su negocio en el país importando un polvo, tipo gomina, que se usaba para peinar. En la década del cincuenta, en pleno plan de sustitución de importaciones, Lorenzo se encontró sin su negocio y en su búsqueda de soluciones, escuchó que en las algas podía llegar a encontrar una sustancia similar. “Buscando eso, él llega a Chubut y alguien le habla de la Bahía Podrida, que era el nombre con el que llamaban a este lugar, porque estaba tan cubierto de algas que tenía un olor particular”, explica Matías. Lorenzo llegó y se llevó algunas muestras. El resultado de sus investigaciones fue el punto de partida de lo que se convirtió en un imperio: la empresa que llegó a ser la alguera más grande del mundo. El pueblo en el que ahora funciona la hostería, data de ese momento. Las casas de distintos tamaños y arquitectura austera fueron la vivienda de los 500 empleados que trabajaban en la recolección. Las algas se cosechaban y secaban al sol y después se trataban en una planta en Gaiman, a unos 200 kilómetros de Bustamante. Una escuela pública, la iglesia y una plaza con juegos son algunos de los espacios que quedaron del pueblo que se formó dentro de la propiedad de Soriano. Años más tarde, la coyuntura económica hizo que el negocio se achicara al punto que la mayoría de esas casas quedaron vacías. De esos años de gloria de su infancia, cuando venía en verano a visitarlo se acuerda todavía Matías, igual que se acuerda también de cuando el lugar se vació y quedó abandonado. “Yo me había recibido y vine para acá a trabajar en la planta. Venir y ver todo abandonado era tristísimo”, cuenta. Estando cerca, Soriano empezó a ir los fines de semana y eso lo hizo familiarizarse con muchas de las salidas que hoy hacen los huéspedes que visitan el lugar. El bosque petrificado, las islas de la caleta con sus colonias de lobos marinos y pingüinos y la cantidad de especies de aves (trece de las dieciséis que anidan en toda la Costa Atlática) fueron parte de ese redescubimiento que, un tiempo más tarde, empezó a convocar visitantes de todos lados. “Llegó un momento en que vi que podía convertirse en algo más serio. Lo plantee a la familia y ahí empezamos”, cuenta. Un punto de quiebre en esa historia fue la visita y la nota del New York Times, esa entrevista que Astrid gestionó en la que los presentaban como el nuevo Galápagos. Hace casi ocho años y hasta la fecha, el lugar es un punto dentro del circuito de los viajeros que buscan una experiencia distinta y muy vinculada a la naturaleza.

Es como si la costumbre de vivir en ciudades nos hubiera hecho perder la capacidad de relacionarnos con la naturaleza al punto que no nos sentimos capaces de orientarnos sin un teléfono en la mano, y esa inmensidad de 50 mil hectáreas, en vez de invitarnos a salir a recorrerlas, nos generan una especie de miedo “
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“La primera vez que vine me enamoré de este lugar. Lo había escuchado por Matías en una época en que estaba trabajando en unos circuitos de turismo activo. No habíamos logrado incluirlo por una cuestión logística pero siempre me quedó en la cabeza”, cuenta Astrid. Hace ya siete años que pasa la mayor parte del año en Bahia Bustamante, con excepción de los dos meses de invierno que se va a Buenos Aires y el mes de verano en que se va a trabajar a Uruguay. Hace años que Astrid se dedica a comunicación, en su momento fue como periodista y después desarrollando la estrategia de marcas que van del hotel Fasano a algunos de restaurants y chefs más reconocidos del país. Cuando Astrid empezó a salir con Matías y las estadías en la Patagonia se volvieron parte de la cotidianeidad, ella ya venía trabajando en una estructura que le permitiera no vivir en Buenos Aires. “Había armado mi empresa pensando en eso: quería irme a vivir a Punta del Este, como ya lo había hecho a los veinticinco. En los veinte años que viví en Buenos Aires creo que no hubo un solo fin de semana que yo pasara ahí”, asegura.

Yo me había recibido y vine para acá a trabajar en la planta. Venir y ver todo abandonado era tristísimo

Los Perkins tienen una tradición en la cría de caballos y el campo, que empezó en Inglaterra pero los trajo a la pampa húmeda buscando nuevos horizontes. Ese arraigo fuerte al campo, que enseguida se nutrió de todas nuestras tradiciones, fue parte de lo que Astrid vivió en su infancia repartida entre Vedia, Rosario y Córdoba, donde estuvo pupila. “A mí la naturaleza me encanta: amo los bichos, al punto de que he llegado a estudiar ornitología”, cuenta. “Imaginate lo que es para alguien que estudia los pájaros venir acá”, explica. Hace poco cumplieron diez años juntos, siete del año en que Astrid se quedó acá, en la casita en la que vivía él. “La decisión implicó conquistar de a poco este lugar en el que él ya vivía hace años. La había arreglado como para que fuera más habitable pero le faltaba el toque femenino”, cuenta mientras nos muestra el lugar. En su pata bonaerense, la casa en la que pasan más tiempo de la temporada invernal es la que se hicieron en el campo, en la zona de Luján. Un PH en el bajo de San Isidro y un campo en Castillos, Uruguay, completan el circuito de los lugares que recorren desde  hace diez años.

Con Matías compartimos mucho de lo más esencial: nos encanta estar acá y mirar los pájaros o irnos al campo y trabajar en el paisaje del lugar
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Con Matías compartimos mucho de lo más esencial: nos encanta estar acá y mirar los pájaros o irnos a Castillos y trabajar en el paisaje del lugar”, cuenta Astrid. Hace tres años, sorprendieron con el anuncio de casamiento y una ceremonia en La playa del amor (una de las tantas que tiene el campo en sus kilómetros de costa) que convocó a todos sus amigos. “Fue gracioso lo que me pasó con el casamiento, porque yo nunca tuve esa cosa de Susanita pero un día empezó a darme vueltas el tema. Al principio como un deseo muy silencioso, que ni le comentaba a Matías, y después de decirlo, casi como una necesidad o exigencia”, cuenta riéndose. “Antes de que yo empezara con el tema nosotros ya habíamos querido tener hijos y demás y nunca había sido un tema”, se acuerda. “Lo que pasó fue que cuando lo plantee él no pareció muy convencido y eso me dejó medio desorientada. Fue como que no entendía si no estaba seguro o qué le pasaba conmigo y un poco me ofendí”, cuenta. “Al tiempo, un día me pidió si lo acompañaba a ver unos delfines que habían venido. Cuando llegamos a la playa, frenó el auto, sacó unos ramos de flores y me pregunta si me quería casar”, se acuerda. La fiesta fue la excusa que llevó a toda su gente a Bahía Bustamante, ese confín de la tierra que hace siete años comparten. En la soledad de las 50 mil hectáreas de campo, con sus animales y pájaros y la compañía de Bahía, Capucha, Aurora y Mecha (sus cuatro perras), Astrid y Matías lograron esa “sintesis de la vida simple” como la define ella. Solos, a veces, y con las visitas más extravagantes otras, la pareja encontró el equilibrio a su medida: ese en el que la inmensidad y lo chiquito van de la mano.

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