Clara Correa

NO HAY MEJOR MOMENTO PARA PONER A PRUEBA A UNA PROFESORA DE YOGA QUE EN LA PREVIA DE UNA MUDANZA INTERNACIONAL. CLARA CORREA LA PASO CON MERITOS Y NOS REGALO ESTA QUINCHA TAN LINDA CON LA QUE SE DESPIDE DE SU CASA EN VICENTE LOPEZ.
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TEXTO: LUCÍA BENEGAS – FOTOS: MARIA EUGENIA DANERI

El día que esta quincha vea la luz, Clara Correa, Tomás Dieguez, Cyan y Aurora van a estar en Los Ángeles, la ciudad en la que planean quedarse los próximos años. Son los últimos días de noviembre y las flores de jacarandá cubren el pasto y los sillones del jardín de la casa en Vicente López en la que viven hace dos años y medio. “Ahora empieza a florecer la tipa y adelante hay dos ginkos divinos. Los árboles de esta casa son increíbles, fueron lo primero que nos enamoró”, cuenta Clara mientras atravesamos el jardín. Hace un par de meses Tomás vendió el piloto de una serie de dibujos animados a Amazon y su participación como colaborador les abrió la posibilidad de irse a Estados Unidos con una visa de trabajo. “Siempre nos gustó la idea de vivir afuera, nos parecía que estaba bueno como experiencia”, cuenta. Su casamiento, el alquiler de la casa y la búsqueda de un lugar al que llegar unos días antes de navidad fueron parte de los preparativos para una mudanza que ya es inminente. “No queríamos caer en ese pensamiento de que porque tenés una casa y una familia estás estancado o encadenado a un lugar y a una vida para siempre”, explica. Hace un rato llegó la profesora de inglés de las chicas y ahora aprovechamos la hora de clase para sentarnos a hablar y tomar un mate. “Trato de no hacer mucho drama en frente de ellas porque no quiero que lo tomen así. Por ahora se las ve chochas y en el colegio me dicen que lo cuentan felices”, aclara. La calma con la que lleva la mudanza y el caos de fin de año es la mejor carta de presentación que como profesora de yoga podría tener. Tanto que entre cajas, preparativos y cierres pudo hacerse un tiempo para recibirnos en su casa y volver sobre su historia en una quincha que también suena un poco a despedida. 

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El tema del yoga arrancó de muy chica, cuando empecé a ir a una médica ayurvédica”, cuenta Clara. Tenía 16 o 17 años y había escuchado del ayurveda por un amigo de su mamá “que curtía esa onda”. Corría el año 2002 y Clara se estaba recibiendo del San Andrés, un colegio al que llegó por propia iniciativa después de conseguir una beca en sexto grado. El dato enseguida llama la atención, no solo por lo decidida sino porque su perfil no encaja mucho en el estereotipo de la exalumna de un colegio de elite como el suyo aunque un rato de charla sirve para descubrir dos aspectos que suenan a opuestos pero conviven en ella. Por un lado ese costado estudioso y autoexigente que la llevó a hacer kinesiología y empezar medicina una vez recibida de profesora, por el otro, el emocional que la empujó a una búsqueda que devino en profesión. “No sé bien de donde vino ese interés, creo que fue algo muy mío”, dice Clara. “Yo fui una chiquita muy sensible y me pasaban cosas que en el yoga logré ver más claras también”, reflexiona. Pasaron 15 años de sus primeros ensayos en el yoga Iyengar, la escuela que todavía practica y enseña en el estudio que construyó en el garaje del fondo.

“ No sé bien de donde vino ese interés por el yoga, creo que fue algo muy mío ” 
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Little Big Awesome es el nombre de la serie animada de Tomás que ya se está gestando en un estudio en Los Ángeles. En nuestra visita a su casa, no tuvimos la suerte de conocerlo más que a través de cuentos. Dibujante y fundador de una productora, en las anécdotas de Clara se desliza una personalidad muy distinta a la suya. “Sí, somos re diferentes en mil sentidos”, confirma. “Él tiene otros modos y es más exigente que yo, pero tiene mucho sentido del humor –aclara- Es muy gracioso y muy creativo”. Clara y Tomás se conocieron en un almuerzo craneado por un amigo en común que los quería presentar hace un tiempo. “Ese día me preguntó si daba clases de yoga, yo recién empezaba a enseñar, y me pidió que les diera a él y otro amigo”, se acuerda. “Fue una excusa total: empezaron, deben haber durado tres clases y después cumplió el objetivo y ¡nunca más!”, cuenta riéndose. Tomás tenía casi diez años más que ella y un hijo de una relación anterior. De entonces pasaron 12 años que incluyen más de una década de convivencia, dos hijas y un mes de casados. “Somos el caso de los opuestos que se complementan: yo siento que él me ayuda a bajar a tierra y yo a él al revés”, dice Clara. “Ojo que por momentos nos matamos pero por ahora viene funcionando!”, aclara. Hace un mes que la pareja pasó por el registro civil empujada por el trámite de la visa. “Después de años juntos y teniendo una familia, la verdad que no era algo que necesitara”, explica. Lo cierto es que en ese punto en que más de una pareja se disuelve, en la suya se adivinan muchos proyectos y objetivos compartidos.

Somos el caso de los opuestos que se complementan: yo siento que él me ayuda a bajar a tierra y yo a él, al revés  

¡Mirá mamá! Hice un yellow submarine”, dice Cyan y muestra orgullosa el trofeo. “¡Qué bien! ¿Cómo se dice amarillo?”, le pregunta Clara. “Submarine”, contesta después de unos segundos. “Eso es submarino, amarillo es yellow”, le explica riéndose. Hace tiempo un que las chicas refuerzan el inglés del colegio Waldorf con clases en su casa: “Yo no creo que haya un colegio perfecto, a mi este me encanta pero depende de cada chico. De hecho a ésta no se si me la veo tan para Waldorf”. Aunque su hija más grande, tiene 6 años, la vida familiar para ellos empezó antes de Aurora: el día que Clara decidió irse a vivir con Tomás y Tobías que hoy tiene 22 años.

“ Se acerca la fecha y te pasa que mirás todo lo que tenés acá y sabés que no vas a tener allá y decís: ‘¡che, esto también está bueno!’. Pero también hay que aprender que en la vida,  lo más importante no es lo que está atado a un lugar sino lo que uno se lleva. Está bueno trabajar el desarraigo   

Toby vivió con nosotros hasta el año pasado y la verdad que aunque nos llevamos pocos años, tenemos una relación muy linda. ¡Compartimos mucho!”, asegura. “Que haya vivido acá es muy lindo por su relación con las chicas también. Ellas mueren por él y son las primeras en decir: ‘¡Falta Toby!’ cuando no está“, cuenta. Las mudanza anticipa un cambio en ese sentido porque él decidió quedarse en Argentina y viajar a visitarlos un par de veces al año. “És lógico, él tiene su vida y sus cosas acá”, cuenta ella. “Igual se lo tomó bárbaro . Dijo que no entendía que hubiésemos tardado tanto en hacerlo“, cuenta. “Tomás es muy de indignarse por las argentineadas: de putear cuando sacan al perro y no llevan la bolsita y esas cosas“, explica riéndose. A días de cerrar la casa y las valijas, hay cierta nostalgia en el aire que se percibe: “Se acerca la fecha y te pasa que mirás todo lo que tenés acá y sabés que no vas a tener allá y decís: ‘¡che, esto también está bueno’!”. “Pero también hay que aprender que en la vida,  lo más importante no es lo que está atado a un lugar sino lo que uno se lleva. Está bueno trabajar el desarraigo”, concluye.

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