Con nombre propio: Eugenio Aguirre

Con nombre propio: Eugenio Aguirre

EUGENIO AGUIRRE EMPEZÓ SU CARRERA CON UNA SOLDADORA Y UN TALLER EN EL CAMPO,  30 AÑOS MÁS TARDE ES UNO DE LOS GRANDES NOMBRES DEL DISEÑO LOCAL. CON SUS TECHOS DE JUNCO Y MUEBLES DE DISEÑO PROPIO, LA CASA QUE CONSTRUYO EN PILAR ES SU OBRA MAESTRA. EL MUNDO  DE ALGUIEN QUE NO LE TEME AL CAMBIO.

El cambio fue brutal, en todo el sentido de la palabra”, dice Eugenio mientras toma un vaso de Coca lleno de hielo. Hace cuatro primaveras, vivía en un departamento en pleno centro, con su mujer de hace 25 años y sus dos hijos. Desde la tranquilidad de una casa que mira al agua en la que hoy vive solo, la reflexión tiene todo el sentido del mundo. “Hacía dos años que yo tenía este terreno y venía mucho a jugar al golf acá. Siempre pensaba y me imaginaba cómo la haría, pero era solo eso: un proyecto”, se acuerda. Se decidió a ejecutarlo una noche que un amigo le prestó su casa y se encontró solo, acostado afuera, fumando y mirando las estrellas. “Me acuerdo de llamar a Solana, mi mujer, al día siguiente y decirle: yo me quedo acá, no tengo más ganas de estar en el centro”, cuenta. Su separación, la decisión de convertir la supuesta casa de fin de semana en su casa y el principio de una nueva vida distinta a la que conocía en su departamento de Recoleta son parte de ese cambio brutal del que habla.

El tamaño de la casa tiene que ver con que no fue pensada para lo que hoy es: en el medio la vida cambia y a veces las cosas resultan distinto”, reflexiona. Eugenio Aguirre es de una raza bastante particular por estas latitudes: la del diseñador que hace muebles contemporáneos de lo más exclusivos y encuentra suficiente público como para sostener cuatro locales en shoppings. “Yo no estudié diseño; no estudié nada en realidad, ¡con suerte me recibí de bachiller!”, aclara riéndose. Para el que conoce algo de su trabajo, la confesión es toda una sorpresa. “Empecé por handyman, no porque tuviera un interés en el diseño. Fue en el hacer que descubrí todo este universo que me fascinó”, cuenta. Un taller improvisado en un galpón en el campo y una soldadora fueron el punto de partida de una carrera que ya tiene 30 años. “Primero hacía cosas en hierro que les regalaba a mis amigos, porque me divertía. Calculo que me incliné por los muebles porque era más lógico, no iba a hacer esculturas que no sabía dónde poner”, reflexiona.

“ Hay que realmente frenar a pensar y preguntarse qué es lo que uno quiere en su día a día: qué espero de mi casa, que me gustaría que me retenga, cómo la vivo yo, qué es lo que me funciona *

Eugenio no tiene familiares diseñadores ni nada que justifique su vocación estética, pero sí una madre que después de enviudar empezó a diseñar y coser pantuflas a la que le fue tan bien que llegó a abrir una fábrica en Chile. “Mi vieja es una genia: un día tuvo que salir a laburar, encontró un nicho y le fue bárbaro. Terminó con una empresa enorme que finalmente dejó para volverse acá, pero al día de hoy sigue haciendo algunas”, asegura. El recorrido que separa a esos primeros ensayos de adolescente de las colecciones de muebles y la empresa que hoy da trabajo cincuenta personas, tiene mucho oficio, investigación, observación, trabajo y errores. “No fue nada fácil llegar al lugar en el que estoy hoy: a la tranquilidad de saber que yo puedo enfocarme en diseñar y desarrollar mi producto sin todo lo que hay que hacer que detesto. Yo me fundí dos veces”, confiesa. “Y no tengo dudas de que si no fuera porque hoy estoy asociado con gente que se ocupa de todo lo que yo no sabía ni podía hacer, ya estaría fundido por tercera vez”, asegura.

Yo no estudié diseño; no estudié nada en realidad, ¡con suerte me recibí de bachiller! Empecé por handyman, no porque tuviera un interés en el diseño. Y en el hacer, descubrí todo este universo que me fascinó ”

Techos de junco trenzado, paredes de madera, el paisaje de agua y la música que suena a un volumen parejo. El cuarto de Eugenio parece en parte un hotel cinco estrellas de Bali, Polinesia, o algún lugar exótico de África de esos que no sabemos si realmente existen. “Me gustaba que fuera cálido, yo siempre busco lo cálido. De hecho, si te fijás, los ambientes de esta casa no son muy grandes: no me gusta esa cosa del ambiente enorme sin calidez que se usa ahora”, cuenta. Al costado de su cama hay una especie de soporte de madera suspendido en el aire, que no sostiene nada ni pretende reemplazar la mesa de luz que tiene atrás. “Esto lo hice para apoyar el vasito de whisky cuando estoy en la cama viendo algo en la tele. Quería poder tomarlo tranquilo sin tener que hacer el movimiento incómodo para dejarlo en la mesa que está muy atrás”, nos dice y se acuesta en la cama para mostrar su punto con el acting. El mismo nivel de detalle y ocurrencia se ve en los respaldos y apoyabrazos que brotan del deck de madera de alrededor de la pileta y marcan los mejores puntos para tirarse al sol o sentarse a mirar la laguna a la altura del piso.

Este living no cumple con el formato clásico, por ahí en el del fondo un poco más pero no es un típico ambiente. Lo hice como me gustaba y como me cerraba a mí: con ese sillón redondo para quedarte mirando afuera, una barra y sin juego de comedor”, asegura. “Me parece bastante deprimente eso de sentarse en un rincón de una mesa enorme vacía que hay que tener por si vienen invitados. La gente que viene son mis amigos y mis hijos y no necesitan una mesa formal”, cuenta. Detrás del planteo de su casa, hay algo del planteo existencial de quien se volvió a preguntar cómo quería vivir su vida después de 25 años casado. “Desde ya que venirme acá me abrió la cabeza, me hizo volver a preguntarme cosas que a veces uno no se pregunta porque no frena a pensar”, dice. Cambiar el departamento en Recoleta, cerca de sus amigos y su vida social, por una casa que le permitiera salir a nadar cualquier día de la semana es el resultado de varios cuestionamientos que no todos se hacen. “Hay que realmente pensar y preguntarse qué es lo que uno quiere en su día a día: qué quiero de mi casa, que me gustaría que me retenga, cómo la vivo yo, qué es lo que me funciona”, reflexiona.

“ La vida es una tómbola: nunca sabés cómo sigue. Hay que estar en movimientoHay gente que piensa que todo lo de antes era mejor, yo no soy así. Tampoco puede ser que por no saber soltar termines sosteniendo algo que ya no va